Prólogo
—Un sueño que jamás soltó sus raíces—
Ana y Julián crecieron en Cartagena, pero cada verano viajaban a visitar a su abuelo en Barú. Allí aprendieron a bucear, a reconocer los mangles por su olor salobre y a contar las estrellas mientras la brisa del Caribe apagaba las candelas del día. Con el paso del tiempo, los estudios, los trabajos en Bogotá y la vida urbana parecían alejarlos cada vez más de la isla… hasta que un mensaje inesperado los trajo de vuelta: “Se vende la vieja parcela al borde de la laguna, ¿la recuerdan?”.
Cuando recibieron esa noticia, algo hizo clic. No era una oportunidad de negocio cualquiera: era la posibilidad de custodiar un pedazo de historia familiar. Sin embargo, tenían dudas lógicas:
Al investigar, descubrieron el proyecto Barú Norte y se anotaron en el Tour Inmobiliario. En apenas una mañana:
“Sentimos la misma tranquilidad que cuando jugábamos en la playa de niños… pero respaldada por datos, planos y profesionales”, recuerda Ana.
Decididos a comprar, Julián—ingeniero ambiental—y Ana—artista plástica—diseñaron una casa piloto que respeta la topografía natural y usa energía solar. Parte del techo actúa como recolector de agua de lluvia para riego. Con el apoyo del equipo técnico de Barú Norte:
Hoy, su vivienda funge como laboratorio vivo: acoge visitantes que quieren aprender sobre eco-arquitectura y artes plásticas con pigmentos naturales. Ana dicta clases los sábados; Julián coordina salidas de avistamiento de aves al manglar vecino.
“Regresamos buscando nuestras raíces y terminamos sembrando nuevas”, dice Julián con una sonrisa.
El éxito de esta experiencia inspiró a otras familias cartageneras a seguir el camino. Barú Norte creó un programa de mentoría donde Ana y Julián acompañan a nuevos inversionistas que comparten la visión de desarrollo consciente. Así, la antigua parcela de la infancia se convirtió en un punto de partida para decenas de historias que entrelazan inversión, cultura y sostenibilidad.